04/08/2020
martes 04 de agosto del 2020 - T
04 agosto 2020 - T
miércoles, 22 de julio, 2020 - 10:28 hs.
La intermitencia

                                                                                                                                    Por Fabrizio Zotta
                                                                                                                                       Director de Analipsis Consultora


Las respuestas provisorias y cambiantes de la política, la ciencia y el gobierno están configurando un mundo diferente, con menos certezas, y con el Estado paternalista como otra gran desilusión.


Una simple retrospectiva sobre las toneladas de información que se ha producido en relación con la pandemia de Covid-19 permite constatar una idea simple, pero que también es inquietante: la amenaza del virus es constante y las respuestas que ensaya la humanidad son intermitentes.


Este último es el adjetivo que describe la etapa actual de la cuarentena, pero no es una característica nueva. Lo provisorio y no definitivo emergió desde el comienzo. Ni la ciencia, ni la política tenían un discurso para la realidad que se impuso, y ensayó: fue y vino con los tapabocas, con la inmunidad de los niños, con la supervivencia del virus en diversas superficies y a distintas temperaturas.


La política también hizo lo que pudo: abrazó la cuarentena, se quejó de ella. Votó las emergencias, pidió restringir poderes y cuestionó el gobierno por decreto. Minimizó el virus, lo sobredimensionó. En este punto, el rol de toda oposición (no importa de qué partido) fue el más incómodo. La falta de certezas hace también que no se sepa bien a qué oponerse y con qué convicciones. Así, el fuego cruzado entre oficialismo y oposición resulta, para la mayoría de los espectadores, mezquindades del oportunismo político. El juego de la indignación frente a lo que hacen los de enfrente.


Pero, a poco de cumplirse 130 días de este proceso inédito, la intermitencia en las conductas dejó de ser la sospecha de que nadie sabe nada para convertirse en un modo de ser de las cosas, que llegó para quedarse. Al menos, por un tiempo. El Estado, en sus diferentes niveles, lo viene anunciando: no habrá medidas absolutas, y siempre se podrá volver para atrás.


Desde el punto de vista de la ciencia política, quizá la intermitencia no sea una novedad: quien gobierna o planifica políticas públicas sabe de la provisoriedad de cualquier medida, incluso las que, en apariencia, son pétreas. Pero la pandemia de Covid-19 desnudó al rey una vez más y ahora todos asistimos a esa fragilidad y eso tiene un impacto definitivo en la ilusión que tenemos sobre el Estado: una presencia paternal, que estará allí cuando nada más quede.


La visión paternalista del Estado no admite la intermitencia. El Estado debe pagar todo lo que los privados ya no pueden, debe bajar impuestos, o eliminarlos; debe solucionar los problemas de su ineficiencia, y debe tener capacidad de dar siempre respuestas, porque cuando no hay nada más, queda el Estado. Y debe hacer todo eso, incluso lo contradictorio, sin titubeos.


Por eso, lo que se interrumpe, lo parcial, la marcha atrás es contra natura en nuestra visión del Estado. Es razonable que cualquier ciudadano cambie, en ejercicio pleno de la intermitencia, de opinión casi a diario sobre lo que habría que hacer, o no hacer. Pero la volubilidad del Estado asusta.


Un nuevo mundo propone una nueva política, un nuevo Estado y una nueva forma de entender lo que es normal. El tiempo que viene tendrá a la intermitencia como razonable respuesta a la contingencia. Molesta, inquieta y hasta preocupa. Pero habrá que acostumbrarse.


 

   


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