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sábado 23 de enero del 2021 - T
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EDITORIAL


sábado, 7 de noviembre, 2020 - 15:39 hs.

La caída del halcón blanco: EE.UU. pone fin a la era Trump

La caída del halcón blanco EE.UU. pone fin a la era Trump


El 20 de enero de 2020 Estados Unidos registró su primer contagio de Covid-19. Ese mismo día, Donald Trump cumplía su tercer año al frente de la Casa Blanca. En una jornada tan festiva, el presidente republicano no podía imaginar que su administración ingresaba por esas horas en una nueva era. AC/DC: antes del coronavirus/después del coronavirus.


La pandemia marcó desde entonces el pulso de la agenda política. Marcó también el tono y la dinámica de la campaña electoral para las presidenciales 2020: una campaña bañada en alcohol en gel por parte del Partido Demócrata, y una con contacto estrecho garantizado para Trump y sus seguidores. Y marcó, como era previsible, el desarrollo de los comicios, con más de 100 millones de ciudadanos que prefirieron votar de manera anticipada por correo, y que en su gran mayoría lo hizo por Joe Biden. Y precisamente por ese detalle, terminaría marcando también la agónica definición del conteo de votos.


Para Biden, que con el correr de los días consolidó una ventaja clara, la espera marca el camino arenoso hacia la Casa Blanca, y para Trump, abrió la ventana al último fantasma que él mismo llevaba meses agitando, el de un fraude “tremendo”, para el que no tiene una sola prueba.


Cultor profundo de la táctica de acelerar a fondo hacia adelante, Trump dejó en claro que tensará hasta el último día la cuerda política, quizás la única variable constante en las dos eras de su administración.


Sus primeros tres años al frente del gobierno habían estado marcados por una mezcla de pragmatismo y buenos resultados económicos -ocupación cercana al pleno empleo, crecimiento sostenido y la mayor rebaja impositiva en tres décadas-, con un revival nacionalista que combinaba frases pretenciosas como el “Make America great again” y una guerra comercial con China con posterior armisticio y apretón de manos para la foto.


En esos tres años, Trump despidió al jefe del FBI en medio de un escándalo, retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París contra el cambio climático, alentó manifestaciones de corte supremacista y cuestionó la legitimidad de múltiples protestas antirracistas, defendió –y financió, incluso forzando la legislación- su proyecto de construir un muro en la frontera con México, derogó leyes que protegían a cientos de miles de inmigrantes indocumentados, rompió el pacto nuclear con Irán firmado en la era Obama, pese a las quejas de países como Alemania, Reino Unido y Francia, se peleó y se amigó con Kim Jong Un (quien súbitamente dejó de ser “Rocket Man” en sus prolíficos tuits) y sobrevivió a un impeachment por presunto abuso de poder.


Y pese a abrir constantemente múltiples frentes, en una gestión de corte sumamente personalista –con casi toda su familia incluida en la mesa chica-, y a que no se cansó de incinerar los manuales de la ortodoxia política y diplomática, su desempeño económico aparecía al final de ese primer trienio como credencial suficiente para aspirar a la reelección. De poco sirvió el descontento de un sector importante del Partido Republicano.


Pero entonces llegó el murciélago. Y en cuestión de semanas, desde el primer trimestre de este año, el manejo de la pandemia y la escandalosa estrategia sanitaria encarada por su  administración, condicionó el resto del calendario 2020.


El coronavirus destrozó todos los indicadores económicos favorables, aportó decenas de miles de muertos por mes a una cuenta que roza las 240 mil víctimas fatales desde el inicio de la pandemia, y mantuvo al país en la pole position de contagios a nivel mundial, con casi 10 millones de casos.


La pandemia abrió la puerta a una nueva dimensión e hizo aún más visibles las profundas fracturas sociales que atraviesan a Estados Unidos, amplificadas por hechos de violencia racial como el asesinato del afroamericano George Floyd por parte de la policía.


El propio presidente pasó por todas las etapas de amor y odio con el virus: lo ignoró, se burló de él, lo cortejó, y luego de sufrirlo en carne propia le agradeció al estilo Rambo por haberlo hecho más fuerte.


Y así como había marcado la previa y también marcó el partido, con tiempo extra incluido, es evidente que la Covid-19 será el factor clave tanto en la larguísima transición hasta el 20 de enero, como en el inicio de la gestión Biden.


El propio candidato demócrata lo dejó en claro en un breve discurso que brindó en la noche del viernes, mientras los números en el Colegio Electoral seguían clavados en 253/213: “Es hora de que nos unamos como Nación para sanar”.


La metáfora sanitaria apuntaba sin dudas a la necesidad de definir una estrategia seria para enfrentar la pandemia en plena tercera ola –con más de 125 mil casos diarios-, desafío que deberá enfrentar desde el día cero.


En una entrevista que brindó días atrás al diario El País de España, la ex embajadora ante la ONU durante la gestión Obama, Samantha Power, dijo que imaginaba a Biden convocando de urgencia al Consejo de Seguridad del organismo internacional para avanzar en una estrategia global de lucha contra el virus (y para recuperar de paso algo del terreno perdido frente a China en el tablero global). Más allá de que el futuro presidente tome una decisión de ese tipo, es evidente que marcará un giro de 180 grados respecto de la desidia de Trump frente al “china virus”.


Pero la idea de “sanar como nación” de la que habló Biden en la noche del viernes apunta también al desafío de suturar de algún modo las profunda polarización que sufre el país, graficada de un modo insuperable por las imágenes registradas esta semana en algunos centros de cómputos, con cronistas de televisión que cubrían con chaleco antibalas las protestas de votantes republicanos armados con fusiles que reclamaban que se detuviera el conteo.


Biden deberá asumir en la Casa Blanca el 20 de enero -exactamente un año después del primer contagio de Covid en suelo estadounidense-, y lo hará acompañado por Kamala Harris, que será la primera mujer de la historia en la dupla ejecutiva, y que servirá además como símbolo de los desafíos de la nueva gestión de trabajar en una agenda de género, después de un período marcado por la misoginia y el desprecio por toda política de corte igualitario. 


En un escenario normal, el nuevo presidente podría recostarse sobre la legitimidad de los números: será el mandatario que obtuvo la mayor cantidad de votos de la historia, casi 75 millones; logrará una ventaja de cerca de 4,5 millones de votos con los que superará el 50 por ciento, y se impondrá en el colegio electoral. Pero el escenario está lejísimo de parecerse siquiera a algo normal. Parece tenerlo claro el futuro morador de la Casa Blanca, quien ya avisó que esperaría “hasta el último voto” para festejar la victoria, pero no para ponerse a trabajar.

   


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