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Martín Rodríguez: “Menem quizás más que una herencia política tuvo una herencia social”

Por Leonardo Casas

Así como John William Cooke patentó la frase “El peronismo es el hecho maldito del país burgués”, quizás se podría jugar con la idea de que “Menem es el nombre maldito del país peronista”. Bajo el paraguas de ese nombre, polisémico como pocos en nuestra historia reciente, se han elaborado infinidad de tesis, escrito varios libros y ha dado lugar a una larga serie de ficciones y denuncias, incluso mientras Carlos Menem se movía en la Casa Rosada como si fuera su propio hogar.

“¿Qué hacemos con Menem?”, el nuevo libro compilado por Martín Rodríguez y Pablo Touzon, que tuvo su génesis como un dossier de la revista Panamá, reúne ensayos y capítulos de reconocidos periodistas, historiadores y pensadores jóvenes, y es un intento de repensar la década menemista, de sacar del clóset ese trauma y ver qué lo distingue del presente, pero también qué lo conecta.

Tratando de entender un poco más lo que significó la figura del presidente que más tiempo gobernó el país en el último siglo, conversamos con el ensayista y analista Martín Rodríguez, quien nos acercó más a comprender cómo Menem “lo hizo”: en la política y en la sociedad.

¿Hubo disparadores más profundos para analizar la figura de Menem y su gobierno, más allá de su cumpleaños 90 y los 20 años del fin de su gobierno?

El punto de partida de por qué volver a Menem y a su década fue una intuición compartida con amigos y amigas de la misma “generación”, nacidos en los setenta, o primeros ochenta, que crecimos en los noventa. Ese es un primer recorte si querés “histórico”. Incluso, casi en primera persona, pero cuando esa primera persona que, aunque no lo diga, se vuelve plural. Hay un texto de Carolina Pellejero, ella es concejala peronista de Mayor Buratovich, en el que vuelve a su escena familiar, a esa zona periférica en la que la década parecía jugar inclusiones a través del consumo y exclusiones estructurales. Habla de ella, habla de millones. Muchos terminamos de entrar de lleno en la política a partir del kirchnerismo, y el kirchnerismo se construyó en su primera versión con un juicio sumario sobre la política de los noventa, tal vez con la intención de tener la última palabra sobre esa década que acabábamos de vivir y que había terminado estallando. Muchos habíamos leído los libros sobre y en esa década (leímos a Palermo y Novaro, a Sarlo, a González, a Fogwill, a Sidicaro), también vimos el cine de denuncia, tipo Solanas, y escuchamos la crítica cultural en todas sus formas, desde el rock hasta la poesía, desde Los Piojos reivindicando a Jauretche hasta la poesía civil de Sergio Raimondi. La década nació narrada, comentada, interpretada y masticada.

Pero en un sentido político en los primeros años del kirchnerismo se produjo un quiebre definitivo sobre lo que había que pensar de los noventa. Los noventa como tabú al mismo tiempo que el progresismo mutaba de una zona de oposición a convertirse en la ideología oficial, el sueño del Estado progresista. Paradójicamente, el que impulsó esa especie de clausura, era el mismo partido que había producido esa década. Esta ambigüedad nos tentó la exploración porque además, a partir de 2008, el antimenemismo automático que definía los contornos del primer kirchnerismo se desdibujó y dio paso a la “era del relato” contra otras cosas: Clarín y el campo básicamente. De algún modo se abandona a Menem. En cuya presidencia no tuvo un romance estricto con Clarín, por ejemplo. Digamos: si el primer kirchnerismo se organizaba contra el menemismo, contra un pasado, el kirchnerismo post 2008 se organiza contra una parte de su presente. Volver al menemismo es también volver a pensar el kirchnerismo, indudablemente, y sobre todo esos primeros años, más desérticos y salvajes. Y no nos olvidemos, entonces, que Menem muere como un senador que integraba el bloque del Frente de Todos. Entonces pasamos de la obligación de nombrarlo para asignarle todos los males, incluso como si la Alianza no hubiera sido un experimento atroz, una suerte de “modelo con buenos modales”, que no podía ni quería salirse del 1 a 1, que tenía08n que jurar hasta por la madre su permanencia, algo que terminó pésimo. Recordemos que el otro gran político de esa década, Chacho Álvarez, en un momento se sintió impelido en reconocer como “error” no haber votado la ley de convertibilidad. Chacho fue un político único, una imaginación enorme, pero caminaba sobre los límites de la época. En el libro hay un texto, para mí imprescindible, sobre la izquierda social de esos años de Mariano Schuster. Pero quiero decir que pasamos del anti menemismo automático al gran silencio de la política cuando, diríamos, el kirchnerismo encontró su contradicción principal. Algunos, como Pichetto, comenzaron a nombrarlo de otro modo. A ver más al político de Estado que al “primer menemista” que se nombra mientras se toca un testículo. El hombre que fundó una década, que fundió un país, si querés, pero que produjo cambios históricos que nos pisan los talones. Como decimos con Pablo Touzon en la introducción: “Alfonsín está en el bronce, Menem está en las cosas”.

Cristian Navarrete y Wálter Fresco (fallecido el 17 de octubre de 2020, a quien dedicamos el libro) reconstruyen el clima matancero en torno al Menem de 1989 con una metáfora: votaban a Menem en los autos de Cafiero. De modo que el libro, aún desde su costado, pretende tomar a Menem y esa década más allá de la simple broma que hace serie sobre una parodia al menemismo que el propio Menem promovía y celebraba. El menemismo de pizza con champagne tapaba el bosque. Y lo que no hay en este libro, más allá de la diversidad, y seguramente por otra de las intuiciones compartidas, es algo que salpique una celebración maquiavélica, o mucho menos “realpolitik”, de su figura. Escribir sin chuparse los dedos. Menem es un capítulo de la historia del peronismo, que viene sin beneficio de inventario. Cada cual lleva su versión del peronismo, ¿no? Todo peronista tiene una versión del peronismo, diría más: toda presidencia peronista fue una versión del peronismo. Pero la Historia está ahí. Para algunos el peronismo, de golpe, está en el eclipse que ocurrió en algún momento del kirchnerismo entre sus ideas de izquierda y la capacidad pragmática del peronismo de impulsarlas, entonces congelan la película a ese instante y despluman la Historia. Nosotros creemos, como diría Pablo Touzon citando a Jung, en “integrar la sombra”. En meternos con el basurero de la Historia.

¿Por qué no dejó una descendencia política y ocurrió tal como dice Jorge Asís, que apenas terminado su mandato, “ya no había nadie que se reconociera como menemista”?

Casi te diría que es muy argentino eso de “soltar”. Y Asís, que es un gran escritor de las lonas existenciales de la política, captó eso de movida. Tal vez era su propia segunda lona, luego de haber sido acusado injustamente por la “patota cultural” alfonsinista de haber sido “el escritor del Proceso”. Podía ser que en 1991 Menem te pareciera un transformador y en 1998 un conservador que había llevado la Argentina al precipicio, demasiado enamorado de su modelo, el que pasó de ser el remedio de la híper al causante de la recesión. Un político es una persona que tiene habilitado el derecho al cambio, pero desde el peronismo revisar esa década, volver a esa década, era volver sobre un viejo álbum de fotos arrancadas. A la vez, involucraba volver a la pregunta sobre el cambio que se había producido en la sociedad. Cuánto de esa sociedad que cambió en los noventa permanecía en los años posteriores. Menem quizás funda una época y funda una identidad política que se lleva a la tumba, porque, como dice Asís, muere prácticamente en 1999. O digamos que tuvo algún sentido hasta el 2003.

El kirchnerismo completa una lectura del derrumbe de 2001 con vocación progresista y Menem queda afuera. Me acuerdo que cuando fue preso en la Alianza, hubo una campaña de pintadas que decía “Menem preso político”. Eran los restos de un juicio histórico que se venía implacable. Si hablar de Menem levanta tanta polvareda entre politizados, tal vez haya que buscar la herencia de Menem en la sociedad. Una sociedad que ya no lo vota, que ni lo nombra por mufa, pero que a algo del menemismo lo tiene en la piel. Alejandro Galliano desempolva la palabra “neoliberalismo”, dice “un modo de vida”. El menemismo, podríamos decir, está en los modos de vida que quedaron. En lo que no nos podemos sacar de encima.

La reelección del ´95 suele relacionarse al “voto cuota”, como si la mayoría de lo que los votaron lo hubieran hecho con la nariz tapada. ¿Pensás que esa mirada es reduccionista o explica una parte importante de esa victoria?

Me eximo de responder sobre el voto cuota por respeto al votante. Me parece que seguía siendo parte del trauma que curó Menem, que era el trauma de la hiperinflación. No hay Menem sin 1989, que es un año bisagra en la historia. No se puede tomar a Menem sin ver el primer minuto tan complejo de su gobierno, sin tomar a Menem con lo que se hace cargo, la herencia de Alfonsín, la hiperinflación, el asedio de dos terrores: el terror carapintada y el terror de los remarcadores, que son dos grandes figuras que acechan el orden democrático. Menem funda su autoridad aplastando esos dos terrores. Es el hombre que da la orden el 3 de diciembre de 1990 de que un militar dispare contra otro y es el hombre que logra desacelerar la inflación. Esos dos extremos explican en un sentido más profundo su reelección que esa figura cortoplacista del voto cuota. Parafraseando de apuro a Natalia Milanesio, los trabajadores volvieron a salir de compras al mismo tiempo que tal vez dejaban de ser trabajadores en un camino de fragmentación de esa clase. Todo por dos pesos y flexibilización laboral. En la izquierda hay dos velocidades de lecturas del voto. Si te votan, es el pueblo tallando en piedra su camino de redención. Si votan al “otro” es el pueblo engañado por los medios o alienado al consumo. Ni Clarín ni Frávega te acompañan al cuarto oscuro. Me gusta en cambio lo que dice Florencia Angilletta, que habla de “verdades a medias” y de que “Menem nos gobernó el inconsciente”, como ella dice, en los dólares, en el acceso a la vivienda, en los sueños de ascenso, en cómo es, en definitiva, un odiado pero transformador orden para la clase media, sobre todo. El menemismo no empieza ni termina en las urnas, y cada uno de los autores y autoras, al agarrar a Menem “como si fuera la primera vez”, agarra eso, los bordes, los márgenes, los clóset adentro del clóset, de ese tiempo que salpica y al que cualquier binarismo le queda por momentos chico.

Se ha dicho que el golpe de mercado al final del gobierno de Raúl Alfonsín fue un mensaje para Menem. ¿Creés que acierta o su giro a una praxis liberal fue hecho desde el convencimiento?

Hay algo de que con la democracia no se cura, ni se educa -o no del todo, o no todos- pero con la democracia se gobierna. La idea de gobernabilidad, que es una palabra muy de los noventa, está, como diría Verónica Gago, en el corazón de la razón neoliberal. Efectivamente, Menem es el primero que cambia justicia social, como el producto del peronismo, por gobernabilidad, por orden, como la garantía del peronismo. Ese es también el gran motor de este libro, tenemos las dos cosas: la democracia y la desigualdad, los votos y el 40 por ciento de pobres.

Me acuerdo que cuando se dio la rebelión policial en septiembre del año pasado, Gustavo Noriega tuiteó: ¿pero el peronismo no es gobernabilidad? Él es anti peronista, pero su chicana mostraba esa suerte de “virtud” que todo el arco comparte: los peronistas por lo menos, de mínima, gobiernan. Gobiernan aunque el orden sea injusto. Como si fueran, además de todo, el personal de maestranza de la política. Los que juntan los pedazos rotos. Menem es el nombre de esa cruz y de esa fuerza.

Desde su salto a la política, Mauricio Macri nunca se reconoció seguidor del ex presidente, y muchos lo asocian directamente. ¿Por qué estimás que eligió despegarse de ese noventismo de privatizaciones, libre mercado y relación muy cercana a Estados Unidos?

La omisión de Macri sobre Menem me parece que se da porque a Macri no le importa la historia en sí, porque está lleno de historia. El macrismo es una experiencia que transpira historia argentina. Se enamoraron de la idea de novedad pero, ¿tenían alguna? Y por supuesto tienen la del “siempre estoy llegando”, como decía Troilo, que tienen los liberales. Ellos siempre dan esa sensación: que siempre están de traje, impecables, limpios, y no estuvieron en ninguna escena del crimen nacional. Macri podría haber nombrado a Menem, además como a alguien a quien además decididamente adhirió y conoció.

A mí siempre me parece paradigmática la mención de Frondizi, que es una mención vacía de contenido histórico. Nadie sabe bien qué es eso; todos nombran a Frondizi. Y después está Alfonsín. Hay algunos que, tipo Leopoldo Moreau, lo reivindican como una suerte de Salvador Allende de la democracia argentina, como la vía democrática a una justicia social. Me parece que el macrismo tenía en Alfonsín la figura del político derrotado. La figura noble del que aceptó su derrota, que era Alfonsín, en algún sentido. Era demócrata porque era débil, era republicano porque perdía elecciones. La estatua que hacen de Alfonsín es la del hombre que camina con Menem, esa estatua que inaugura María Eugenia Vidal y su vicegobernador, Daniel Salvador, que viene del radicalismo profundo, que fue parte de la Conadep, está basada en esa foto de Víctor Bugge, compartida entre Menem y Alfonsín, mientras caminan en la transición del mandato por los jardines de Olivos. Pero esa estatua tiene ese dato casi inconsciente: que Menem sea el invisible en el vacío de esa estatua. Ese fue un homenaje fallido. No nombrarlo, no verlo, no mostrarlo. Pero nos cambió para siempre. La foto de la tapa es eso: agarrar a Bugge y mostrar al que falta en la foto cuando nos contamos el cuento de la Argentina. Los dos presidentes. Una foto de Bugge sobre otra.

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