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Alejandro Galliano: “Los empresarios se autoperciben como ´exteriores´ a los problemas del país”

Por Leonardo Casas

La mirada sobre los empresarios y la clase dirigente no suele ser benévola en la sociedad argentina. Partiendo de esa base, y con la mentalidad abierta para romper prejucios, Alejandro Galliano y Hernán Vanoli hicieron un fresco en la primera mitad del mandato de Cambiemos de una serie de empresarios que se han distinguido en su trayectoria, sobre todo por lograr destacarse en el actual mundo globalizado sin tener una relación directa con el Estado, algo que tienen en común muchos de los grandes empresarios argentinos.

El libro se llama “Los dueños del futuro”, y es un retrato imperdible de empresarios claves de los últimos años: Eduardo Costantini, Federico Braun, Hugo Sigman, Gerardo Bartolomé, Marcos Galperín, los creadores de Globant – Martín Migoya, Guilbert Englebienne, Néstor Nocetti y Martín Umarán – y Federico Tomasevich.

En este contexto del nuevo gobierno del Frente de Todos, con la irrupción inesperada y demoledora de la pandemia de coronavirus, es que entrevistamos a Alejandro Galliano, docente de Historia y Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, para que nos dé su visión acerca de cómo encaran la actual coyuntura los líderes de la clase empresaria en nuestro país.

En el libro “Los dueños del futuro”, que escribiste junto a Hernán Vanoli, hacen un fresco de empresarios argentinos que se han destacado por fuera de la llamada Patria Contratista, pero aún así, mantienen una relación siempre compleja, más allá de los matices particulares, con los gobiernos (antes kirchnerista, luego macrista – al momento de la publicación del libro). ¿Cómo los ves parados frente a esta nueva versión albertista/cristinista?

Al libro lo escribimos en el contexto del «macrismo ascendente» de 2016-2017, cuando el gobierno de Cambiemos y el liderazgo de Macri generaban expectativas entre los empresarios. Aún así, con la excepción de (Marcos) Galperín (CEO de Mercado Libre), ninguno era plenamente optimista. Hoy podemos ver a ese escepticismo como algo sabio. Supongo que eso se debe a dos motivos. En primer lugar, porque son conscientes de que los problemas estructurales argentinos van más allá de la voluntad de un gobierno. En segundo lugar, porque la relativa marginalidad social y política de los empresarios, y en particular estos empresarios que crecieron bajo la grandes crisis de los últimos cuarenta años, los lleva a autopercibirse como algo exterior a la sociedad argentina y sus problemas. Son surfistas de colapsos, no van a comprometerse de más con ningún proyecto porque fueron educados como empresarios en diversas situaciones de «final countdown» económicos. Por eso, más allá de la ilusión fugaz que pudo haber generado Alberto Fernández como peronista amigo de los negocios, o del temor atávico a Cristina Kirchner, a estos empresarios los veo parados siempre afuera de lo que pase, listos para pegar el salto y barrenar otro ciclo. Y es lo que están haciendo.

En tiempos de pandemia, en un primer momento, se destacó el espíritu de consenso de la clase política. Con el tiempo, menguó, pero todavía cierto trazo se mantiene. ¿Te parece que los empresarios han tenido una actitud similar en esta difícil coyuntura?

Por lo que dije arriba, creo que no. Pero acá sí convendría hacer diferencias. No es igual la situación de Hugo Sigman, una persona no solo muy cercana a (Juan) Manzur (gobernador de Tucumán y ex ministro de Salud de Cristina Kichner) sino también un empresario clave farmoquímico cuya interacción con el Estado es crucial en una crisis sanitaria como esta, que la de Marcos Galperín, que ya factura mucho más fuera del país y que él mismo decidió volver a vivir en Uruguay. Por otro lado, Eduardo Costantini fue el primero el pronunciarse negativamente de manera pública a través de una nota en La Nación.

Todos en las diversas entrevistas que mantuvieron reconocieron que los argentinos tenemos una mala imagen de los empresarios. De allí que todos prefieran ser tomados como “emprendedores” antes que como empresarios. ¿Qué debería pasar para que esa imagen se modifique?

Si yo tuviera esa respuesta estaría trabajando como asesor de empresarios y seguramente ganando más dinero que ahora. Desde un punto de vista «estructuralista» me atrevería a decir que para amigarse con los empresarios, la sociedad argentina debería amigarse con el capitalismo. No porque haya un poderoso movimiento político anticapitalista en Argentina (jamás lo hubo), si no porque la sociedad está plagada de prácticas de desconfianza instintiva hacia el mercado, las empresas y los empresarios. Prácticas que obviamente se incubaron bajo la incertidumbre del ciclo argentino del déficit, la inflación, el shock, etc…

Recientemente, el BCRA emitió un informe acerca de la fuga de divisas durante los últimos años y son números impactantes. ¿Qué visión te parece que tienen ellos sobre la formación de activos en el exterior, una conducta casi natural en la clase empresaria?

Vuelvo a lo que dije más arriba. Primero, los empresarios que estudiamos con Hernán Vanoli se educaron como clase un contexto de crisis cíclica (1981, 1989, 2001), cualquier práctica que les permita «salir» cuando sea necesario es incorporada y naturalizada. Segundo, toda la sociedad argentina de alguna manera prefiere mantenerse «afuera», no con cuentas offshore (a pesar de que sacar los ahorros es una práctica que trasciende a la elite económica) pero sí con los ahorros fuera del banco, el pago en efectivo, etc.

En un momento, el líder de los Canillitas, Omar Plaini, dijo la siguiente frase: “El empresariado nacional tienen menos patriotismo que los hijos de Caniggia”. ¿La considerás una reflexión atinada?

No, me parece un pavada.

¿Por qué pensás que resultó fallida en el plano económico la gestión de Cambiemos, siendo de la clase empresaria y teniendo, en mayor medida, el respaldo de los grandes empresarios argentinos y en general, de la mayor parte de los protagonistas de “Los dueños del futuro”?

El fracaso del gobierno macrista es un tema que trasciende al libro y hay gente que lo ha estudiado y explicado mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo. Solo diría que en Argentina, y con empresarios que se autoperciben mayormente como «exteriores» a los problemas del país, el apoyo de una parte del empresariado no es condición suficiente de éxito para un gobierno. Más allá de las sonrisas y los apoyos abiertos, siempre van a tener un plan listo por si todo empieza a salir mal.

En estos días, se hizo el paralelismo del valor de Mercado Libre con las reservas del Banco Central, deslizando cómo la empresa privada es exitosa frente al Estado siempre fallido. Antes puntualizaba que los empresarios son mal vistos, y en las élites de la burguesía argentina parece que el Estado es siempre un problema. Ese empate que parece venir desde hace décadas, ¿se podrá superar? Se habla siempre de la necesidad de un “Pacto de la Moncloa” o de fijar un proyecto de país. ¿Hay manera de que la clase dirigente pueda llegar aunque sea a discutirlo, o los mismos conflictos de intereses intra-empresarios lo hacen imposible?

A estas preguntas, que me exceden largamente, las puedo responder con la idea recurrente de las otras respuestas: lo que anda mal es el capitalismo argentino, del que los empresarios obviamente son parte pero no se consideran capitanes.

En la medida en que el país produzca menos de lo que consume, tendremos déficits (comercial y fiscal), inflación y un ciclo de breves rachas de crecimiento debidas a factores externos (el precio de las materias primas, la tasa de interés norteamericana), seguidos de estancamientos. Cualquier «modelo de país», «modernización», «Moncloa», «desempate hegemónico» o lo que sea debería empezar por ahí.

Escribiste recientemente “¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro”. ¿Te parece que el actual contexto de pandemia, con efectos aún no vistos y temidos, posibilitará una salida por izquierda o sos escéptico al respecto?

Soy escéptico, por eso escribí el libro. Cuando terminamos «Los dueños del futuro» me quedé con la impresión de que los empresarios tenían respuestas para preguntas que yo, como izquierdista, ni me había hecho. Y no me gustó. Así que me puse a estudiar. El libro es un llamado a aprovechar los datos del capitalismo actual (escasez de recursos, disrupción tecnológica) para pensar un futuro distinto. Pero obviamente ese futuro distinto no lo van a generar los datos del capitalismo actual por sí mismos. Hay que actuar. El libro llama a actuar justamente porque es escéptico: la lógica del capitalismo actual, que la pandemia sólo exacerba pero no tuerce, parece conducir al colapso y al autoritarismo. Si no la torcemos conscientemente nos espera un futuro peor.

Uniendo ambos títulos, sólo podríamos encasillar a Hugo Sigman en el cuadrante izquierdo del empresariado. ¿Hay otros empresarios – de esa envergadura – con ese pensamiento en el país? ¿No parece ser un oximoron la figura del empresario de izquierda?

No pienso que la ideología de una persona esté determinada por su pertenencia a una clase social. Es casi negar la libertad de consciencia. Lo mismo pasa con el escándalo o la burla que le genera a algunos ver a un joven de clase trabajadora afín a las ideas del llamado «liberalismo libertario». Sigman no es «de izquierda», es progresista y es bastante coherente con su ideal y práctica de hacer negocios en sociedad con el Estado, a la europea.

¿De los más jóvenes del libro y más relacionados con las nuevas tecnologías y negocios, ves a alguno incursionando en el plano político?

No. Si el macrismo se constituía en una nueva hegemonía podía ser. Pero no fue.

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