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miércoles 26 de abril del 2017 - T
26 abril 2017 - T

Celia Leranoz Licenciada en Psicología MP 45733

jueves, 13 de abril, 2017 - 14:22 hs.
El deseo y la inmediatez

Nacemos desvalidos los humanos. Sin alguien que nos ayude, podríamos morir en pocas horas. Esta necesidad de abrigo y alimento nos hace seres dependientes de dos cuestiones: por una parte del alimento del cual se enlaza nuestra subsistencia; y a la vez, de un otro que lo provea.


Una relación apoyada en la necesidad, en el hambre y en el irremediable impulso de comer y crecer hace que nazca el psiquismo humano. Y esto gracias a que nuestra especie posee cualidades neurofisiologías que nos distinguen del resto.


Es en la espera por esa leche que no llega, ese abrigo que no aparece o ese dolor que no calma, donde se instala la semilla del deseo. El niño espera y alucina, espera e imagina eso que ya llegará, eso que necesita y aun no está ahí.


Y mientras se sucede este tiempo el amor y el cuidado le prodigan la red que lo sostendrá y que atenuará el dolor, el hambre o el frío a partir de la formación de un sistema complejo que lo hará pensante y humano.


Tenemos en nuestro tiempo una sociedad vertiginosa, en donde la inmediatez, el “ahora mismo”, el “lo quiero ya” están al orden del día. La demanda es imparable e imborrable. La conexión con las redes sociales viraliza el vértigo, el pedido o la insensatez.


Es más claro ver esto en un ejemplo: La crianza de nuestros hijos. En la mayoría de las veces se recita en una frase “quiero que sea feliz”. Y esto se liga de algún modo a este funcionamiento social y nos convertimos así en maquinas expendedoras, al pedido inmediato de los reclamos. Te lo doy ya, para que no te frustres, para que te calles, para que estés contento y feliz.


Y es así como el deseo no se instala, no aparece, porque ante la sola idea de algo, la urgencia lo invita a desaparecer. Recuerdo el relato de una paciente que tenía un desgano profundo en su vida, una tristeza distante y casi intocable que me decía de su madre “Mamá es la cuchara que aparece mucho antes de que abras la boca; es imposible darte cuenta si tenes ganas de comer, o ganas de algo”.


La inmediatez es muerte del deseo, la espera razonable la tierra fértil para que aparezca y se sucedan muchas cosas, un plan, un proyecto una expectativa para concretarlo.


Sujetos insatisfechos, sin posibilidades de saber qué quieren o qué pueden elegir; y otros que por no tener los cuidados básicos no pueden ni siquiera construirse adecuadamente con un psiquismo saludable.


Así estamos, perdimos el rumbo presos de un presente inmediato y urgente, esperar es caduco, insensato casi inmoral.


Y si como solemos decir los psicólogos que el deseo es “el motor de todas las cosas”, pues bien, el motor hace ruido, pero cuesta entender que es eso puro ruido. Se detuvo hace tiempo y aun no nos hemos dado cuenta.

   


Columnas anteriores
sábado, 1 de abril, 2017 - 15:24 hs.

Muchas veces hemos hablado de la necesidad de la diferencia en la pareja. Aún a pesar de saber que la convivencia se hace difícil. Al que le gusta madrugar con el que le gusta trasnochar. El mudo y la parlanchina, el sociable y la antisociable. Así transitan los deseos cruzados y las apetencias disímiles en una constante negociación que a veces se convierte en pelea y cuando no en guerra campal.


Pero poco se dice de aquel beneficio que nos trae el partenaire cuando bien claro conocemos el ruedo. Un ejemplo común aparece cuando de compras uno le dice al otro ¿lo llevamos? Es un jarrón horrible que el vendedor nos lo muestra con mucho entusiasmo. Ambos en la pareja saben que no se lo van a comprar, que el asunto está terminado, ¿pero quién le pone el cascabel al gato?
-Yo no sé, decime vos que te parece - dice él, a lo cual su compañera responde:
-No, no me gusta. Sigamos viendo.
Ese es el preciso instante donde el bienhechor mira al vendedor con cara de "¿vio usted que antipática que es?". Después va saliendo del negocio con cara de "qué bueno que soy, por Dios!"
Ocurre casi como una ley en la pareja lo de saber qué papel va a jugar el otro y cual es en definitiva el que vamos a jugar nosotros. Esto no hace más que cumplir con determinados funcionamientos de los cuales pocas veces nos hacemos cargo.


Recuerdo con mucha risa la anécdota de un señor que alejándose de una esposa súper ordenada, se juntó con una cuyo relax era tal que si el mate estaba en la mesada o en el piso le resultaba indistinto.
“Hay días en los que extraño a mi anterior mujer, su pulcritud y su orden (me confesó café de por medio). De repente la imagino entrando en mi actual casa y con un reto poner las cosas en su lugar”.


¿Qué tan funcionales son quienes nos rodean para lograr lo que queremos?
¿Cuántas veces nos refugiamos en esta supuesta forma de quien nos acompaña, que en el fondo encubre nuestros propios deseos?
Si esto no es tomar al otro como objeto, que alguien lo desmienta. Es así, la humanidad se presenta y nadie queda exento.
Nuestro mundo interior no es un cofre cerrado sino por el contrario es un inter-mundo, lo que somos se plasma en cada vinculo y en cada acción cotidiana por mas pequeña que parezca.


Ese refugio donde se proyectan deseos esta mas allá de nosotros mismos, podemos ser malos, estrictos o a veces insoportables sin necesidad de aparecer. Si total, he allí nuestra pareja que jugará el juego aún sin saberlo.


Ser buenos, pero buenos de veras, con la maldad de otro. Total, ¿quién se va a dar cuenta?


Licenciada Celia Leranoz. Matrícula 45733.


Mail: celialeranoz@gmail.com

miércoles, 22 de marzo, 2017 - 09:59 hs.

Es frecuente en los diálogos callejeros y hasta en las soledades del consultorio escuchar esta frase, que retumba en nuestros oídos casi con la melodía del que escucha una película con final feliz: ¡QUIERO OTRA VIDA!


"¿Y sabés qué?", agregan algunos, "solo necesito una isla con playa, un chiringo y a vender licuados". Es que nuestra idiosincrasia marplatense le pone el toque de color a una imagen que al menos por un ratito tranquiliza.


Y esto también sirve de introducción, a quienes nos visitan en nuestro consultorio psicológico, que con ese dolor que les significan sus conflictos, apenas se atreven a pensar la razones de porque están en ese estado.


Es que ocurre que las personas se encuentran cada vez más inseguras en su mundo y esto no es producto de nuestra imaginación. Los continuos cambios que se presentan tanto en el mundo social, en el laboral, en el económico y en el de las relaciones humanas nos han lanzado a un futuro más lleno de preguntas que de certezas.


Cuando pensamos ¿cómo hago para salir de todo esto? Aparece la respuesta inmediata, casi intuitiva, sin pausa y sin aliento todos responden ¡QUIERO OTRA VIDA! Vendo todo y me voy, cambio de lugar, de ambiente, de gente….


Y por un instante aparece la calma. La solución mágica tiene su efecto, es breve pero efectiva. Nos aleja de tener que profundizar al menos un poco delpor qué estamos como estamos.


Pero quienes trabajamos con los psiquismos prestados de nuestros pacientes sabemos cuán difíciles son los cambios. Y esto que hoy en día algunos nombran "zona de confort" ( y que en realidad viene existiendo desde el comienzo de los tiempos) es en definitiva, esta resistencia que poseemos todos los humanos a modificar algunas de las cosas que nos rodean.


Cada movimiento que tenemos que realizar para cambiar nuestra realidad, requiere de sentarse a pensar y analizar. Pequeños desafíos traen luego grandes desafíos. Y es que la confianza se va afianzando, en cada una de aquellas promesas que nos hicimos y que luego cumplimos.


El café con un amigo, esa tarde que caminamos frente al mar, el domingo en familia, una noche en soledad con un libro, el abrazo del amor, la sonrisa de los más pequeños. Cada persona seguramente tendrá una pequeña isla en su mundo cotidiano y salvaje y es probablemente desde ahí donde podremos ver las posibles salidas al encierro.


Y los que se animen a dar un salto así, gigante y sin paracaídas, que sepan que en las historias de consultorio también existen. Y qué poco se les parecen a las películas; no hay música feliz ni solución mágica, sino nuevos vientos a enfrentar y nuevas olas que surfear. La vida se abre como un abanico de posibilidades pero ninguna por cierto, nos deja guarecidos de la incertidumbre.


Licenciada Celia Leranoz. Matrícula 45733.


Mail: celialeranoz@gmail.com

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