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Mar del Plata - 
viernes 24 de marzo del 2017 - T
24 marzo 2017 - T

Daniel Temperoni Periodista

viernes, 17 de marzo, 2017 - 13:48 hs.
La gente va muy bien

Sobre lo ocurrido en Olavarría, donde murieron dos personas y varias resultaron heridas, parece poco todo lo que se pueda decir acerca de buscar y, finalmente, hallar caminos que nos lleven a ser una sociedad responsable.


Desde quien debe mensurar los alcances de sus decisiones desde un plano político institucional, pasando por aquellos que cargan con la responsabilidad de la organización y rematando en los asistentes.


El contrato social está roto.


Por eso hay que ser más inteligentes de lo que fuimos hasta hoy y pensar seriamente en qué cosas fallamos para no volver a cometer los mismos y peligrosos errores.


La justicia será quien finalmente dictamine sobre las incumbencias y emita juicio acerca de lo acontecido.


La sociedad en su conjunto tiene la necesidad de repasar estos hechos y hacer autocrítica ante los tremendos resultados de cierto tipo de actividades y de muchas de las acciones que se ejecutan sin medir consecuencias.


Las tragedias que precedieron a la actual estuvieron rodeadas de ineptitud, desprecio por la vida y cinismo.


Sin embargo, ni siquiera los antecedentes penosos de nuestra historia reciente parecen hallar eco en aquellos que toman previsiones hasta ahí nomás, sólo para estar cubiertos.


Y cuando las cosas pasan ese límite, siempre encuentran otro nivel adecuado donde echar las culpas.


Con la arrogancia de quienes parecen reírse siempre de aquellos versos de Serrat, cuando asegura que “la gente va muy bien para contarles cuentos, para darles porrazos y venderles ungüentos”.-


@danieltemperoni


 


 


 

   


Columnas anteriores
viernes, 24 de marzo, 2017 - 13:43 hs.

Los datos que entregó la municipalidad sobre los controles de alcoholemia realizados a propósito de los festejos por San Patricio, no dejan de preocupar por la contundencia de sus resultados.


De un total de 850 pruebas, más de un centenar arrojaron positivo punitivo.


Al menos uno de cada ocho conductores que fueron incluidos en el test por la dirección de Tránsito, habían bebido por encima del 0,50 permitido por la ley vigente.


Esto significa que un número indeterminado de personas, que no acertaron a pasar por los puntos controlados por el personal municipal y policial, siguieron manejando sus vehículos con reflejos disminuidos o muy deteriorados por la ingesta de alcohol.


Todo lo anterior lleva a pensar en el universo de mujeres y hombres que, haciendo caso omiso de las leyes y con un fuerte desprecio por la vida de sus semejantes, circulan por las calles del distrito en condiciones altamente riesgosas para todos.


Y lo hacen en forma diaria y permanente.


Suman ese grado de eventualidad a los peligros que se ciernen sobre la población y nos colocan en un renglón necesario de prevención que escapa a cada individuo.


Las políticas preventivas han permitido sacar temporalmente de las calles a muchos de aquellos que no están en posición de ejecutar un manejo responsable, pero queda claro también que los controles deben ser masivos y a toda hora.


Seguramente el año próximo, como lo adelantó en la radio el doctor Gustavo Blanco, se sumen las pruebas de detección de consumo de drogas, lo que dará un parámetro de dónde estamos parados como sociedad frente a este flagelo.


La población global del municipio que se estima en un millón de personas, los aproximadamente 400 mil vehículos y las 140 mil motos circulantes, conforman un cuadro de situación altamente complejo en cuanto a la movilidad urbana.


Sin olvidar de incluir en la ecuación a los que manejan bajo el influjo de alcohol y/o drogas.


En este sentido, los tres poderes del Estado necesitan contar con un debate permanente y una corriente de comunicación que lleve a mejorar los programas de acción desde el Ejecutivo, las ordenanzas desde el Legislativo y la aplicación de sanciones desde la Justicia de Faltas.-


@danieltemperoni


 


 

viernes, 10 de marzo, 2017 - 13:44 hs.

Los adultos somos, o al menos en esencia deberíamos serlo, educadores de nuestros jóvenes y niños, y portadores de ese caudal docente que se materializa con el ejemplo.


Desde la manera de comportarnos en esta sociedad cada vez más ajetreada y ruidosa, hasta demostrando que el respeto al prójimo es fundamental cuando estamos sentados al volante de un vehículo.


Pero resulta que cometemos gruesos errores a cada paso que damos y todo lo que tendría que ser en favor de la enseñanza termina provocando el efecto contrario en quienes siguen aguardando que nos mostremos como modelos a imitar.


“Permiso”, “buenos días”, “pase usted primera/o”, “en qué puedo ayudarla/o”, “gracias”, son fórmulas en peligro de extinción y están siendo rápidamente reemplazadas por sonidos guturales, gritos, ademanes, caras sin expresión y silencios.


Todo configura un plano de retroceso en el trato cotidiano y se muestra como el resultado de años de no ejercitar el músculo social.


Estamos hiperconectados, participamos de numerosos grupos de pertenencia, navegamos en las redes sociales y cuando levantamos la mirada es para poner un freno a la comunicación.


Los niños y los jóvenes nos vieron hacer y decir muchas cosas fuera de lugar, y con el paso del tiempo volcaron esas experiencias con quienes comparten áreas de experiencia común.


Esa madeja fue incrementando su volumen y llegó a ocupar un espacio inimaginable.


Está en las calles, en nuestros hogares, en los lugares de trabajo, en las escuelas, en las oficinas públicas, en las empresas privadas, en los ámbitos de gobierno.


No reconoce jerarquías y avanza como esas enfermedades silenciosas y fatales.


Perdemos cientos de horas de nuestras vidas en actos derivados de ese mal trato y parece que estamos a su merced.


Como cualquier cambio social, la vacuna está en cada sujeto de acción que se encuentre dispuesto a sanarse en su propia conducta.


Toda transformación verdadera siempre viene de abajo y continúa hacia arriba.


Nunca al revés.-


@danieltemperoni


 


 


 

viernes, 24 de febrero, 2017 - 13:26 hs.

Frases como “hay que pasar el invierno”, “no digo adiós, digo hasta luego”, “el que apuesta al dólar pierde”, “síganme que no los voy a defraudar”, “en este país nadie hace la plata trabajando”, “voy a ser el maestro de cada niño que va a ser educado”, “la Argentina es un país condenado al éxito”, “el que depositó dólares recibirá dólares”, se enmarañan en el inconsciente colectivo.


 Mientras, la argentinidad sigue su camino.


 En una reciente nota en la radio coincidíamos con el lingüista Mateo Niro en que el cerebro de los argentinos es igual a cualquier otro en el mundo, pero el entorno y una suma de antecedentes ha hecho que se vaya conformando una determinada manera de pensar y de actuar.


 Existen preceptos no escritos sobre muchas acciones y actitudes que, sabiendo que están mal o que deben hacerse de otra manera, terminan por realizarse de acuerdo al consueto o a la horma que conviene a ese cuasi legado social.


 Se exigen normas y se hace difícil aplicarlas y cumplirlas.


 Se reclama transparencia y hasta el Estado esquiva obligaciones que le son propias.


 En este mar de dudas y certezas se sigue meciendo la barca de los valores, de la palabra empeñada, del saludo, del respeto y de la conciencia de vivir en sociedad.


 Con dirigentes que se aferran al resultado de las encuestas y al efecto inmediato de las redes sociales, pero no logran convencer cuando miran a los ojos.


 Quizá por eso de querer pisar todas las baldosas del patio, no acaban de pararse en ninguna en particular.


 Cuando resulta tan fácil elegir el camino y el discurso para persuadir si uno está convencido de la idea que abrazó.


 Será que hemos pasado tanto tiempo en este túnel vertiginoso que nos cuesta encontrar el horizonte para decir las cosas por su nombre y hacerlas como se debe.


 Lo cierto es que los años transcurren y como sociedad no podemos permitir que a nuestros hijos y nietos se les escape un solo sueño de todos los que se nos fueron de nuestras manos.


 Ni por acción, ni por omisión.-


 @danieltemperoni


 


 


 

viernes, 17 de febrero, 2017 - 13:19 hs.

A más de 20 años de sancionada la Ley de Defensa del Consumidor y de haberse incorporado estos derechos en la Constitución Nacional, los argentinos seguimos estando desamparados.


Merced a un conflicto de la UTA con El Rápido Argentino, la terminal ferroautomotora de Mar del Plata, como ocurrió en otros puntos del país, fue el epicentro de personas desesperadas intentando encontrar una respuesta para poder viajar de acuerdo a los pasajes que habían comprado con anterioridad.


En las primeras horas se observó cierto accionar de la oficina de la CNRT y del área correspondiente a la provincia, lo que permitió que algunos pasajeros pudieran ser integrados a las listas de otras empresas que corrían hacia destinos similares.


Luego todo fue desasosiego, indignación y frustración en muchos casos.


Los que tenían dinero y lograron ubicar servicios disponibles salvaron de alguna forma el mal momento.


Aquellos que no disponían de ese respaldo económico sufrieron las lógicas consecuencias.


Durante una semana se registraron casos de alto impacto social como aquellos que no llegaron a tiempo a sus trabajos, los que se quedaron sin medicación y quienes debieron dormir en la terminal junto a sus pequeños hijos porque no tenían otro lugar dónde pasar la noche.


Sin líneas testigo que hubiesen ocupado rápidamente los tramos que no se sirvieron por el conflicto, el Estado poco aportó a la solución y se limitó a informar que sancionará fuertemente a la empresa por no cumplir con sus servicios previstos.


No hubo cronograma de emergencia, nadie abrió la ventanilla de la firma en cuestión para informar en persona y todo corrió por cuenta de los afectados que debieron encontrar una salida sin ayuda estatal.


Ejemplos que se repiten en el tiempo y parecen no encontrar el camino del sentido común ni de un protocolo acordado previamente para salvar estas situaciones conflictivas que tanto perjuicio le provocan al usuario.


El que alimenta al sistema y sostiene a toda la estructura del transporte público de pasajeros, es quien debe pagar también por los errores de los demás.


En esta pirámide invertida, el pasajero lleva siempre las de perder.-


@danieltemperoni


 


 


 

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