24/06/2019
lunes 24 de junio del 2019 - T
24 junio 2019 - T

Celia Leranoz Licenciada en Psicología MP 45733

lunes, 10 de junio, 2019 - 12:25 hs.
La grieta y el manto

Venimos escuchando la palabra grieta hace tiempo en nuestro país. Al parecer somos seres extraños que tenemos una curiosa afición: pensar agrupados desde el conjunto “nosotros” y oponernos a otros a quienes nombramos “ellos”. De este modo, estos grupos separados por la grieta están destinados a ver en cada caso la realidad de forma diferente. Cada cual con sus códigos y sus verdades, dispuestos a imponer su razón como la única salida a la convivencia


Para ver esto de otro modo voy a contarles algo de historia: esa historia que uno descubre al visitar lugares desconocidos y donde la mirada puede ampliarse. En este caso pasé por Tudela, ciudad cercana a Pamplona, que es el centro económico y comercial a orillas del rio Ebro.


Ocupada por los árabes allá por el Siglo IX y dominada por su cultura durante tres siglos, cuentan los historiadores que luego de la Reconquista del Rey Alfonso en los siglos XII y XIII, llegaron a convivir en esta urbe tres culturas: la musulmana, la judía y la católica; y fue así que por 400 años esta comunidad vivió "pacíficamente y en armonía". Al parecer sin grieta alguna y en sana convivencia coexistieron allí, respetando las diferencias. Este relato se parece a los finales de cuentos, con su “y vivieron felices”. Pero la historia deja sus huellas y es posible encontrarlas.


En 1492 Fernando el Católico decide expulsar a los judíos de España, para conseguir una comunidad convertida a la fe católica y sin diferencias. El poder pone anhelo en lograr un “nosotros” homogéneo e inalterable. Esto trajo una nueva oleada al caos que implica unir lo imposible. La religión era por entonces casi una marca genética y a pesar del tiempo trascurrido a veces lo sigue siendo.


Los expulsados tenían tan solo tres meses para dejar sus casas, existiendo una única posibilidad para los que no querían hacerlo: convertirse al catolicismo y cambiar sus nombres. Lo que se presentaba como una solución de fondo (ser todo un grupo de sangre pura), pronto se transformó en algo igual o peor a lo ya acontecido. Para que quedara claro quiénes eran los convertidos se creó un documento: El Manto de Tudela. Figuraban allí los nombres de los que cambiaron sus identidades con sus nuevos apellidos, dando fe junto al pago realizado al servicio del Señor Rey.


"Tira de la manta" es la frase que se usa para develar la verdad. En 1610, en la puerta de la iglesia de Santa María, se colgó como un modo de recordar las diferencias mostrando una vez mas lo que los separaba: "eres pero no eres", "la sangre pura y la mezclada" “los puros y los convertidos” .


El tiempo hizo que aquello se olvidara, pero hoy sabemos que nuevas diferencias hacen grieta en las comunidades de cualquier patria. Es que los orígenes y las raíces permanecen en nuestro ADN. Los valores y la mirada que tenemos del mundo es aquella que nació en nuestras casas, eso que aunque no reconozcamos, está ahí a la vista en nuestro modo de ver el mundo.


Sin tener demasiada conciencia somos parte de diversos grupos de pertenencia: aquellos que constituyen un "nosotros" y a la vez nos distinguen de un "ellos". Los credos religiosos, los partidos políticos, las identidades sexuales, los cuadros de futbol, las tribus urbanas y los colectivos; sean cuales fuesen, nace un grupo, un código y una pertenencia.


El manto donde se encuentra inscripto el nombre de cada uno no es más que eso, el origen del cual venimos y al que aunque renunciemos, deja inscripta su huella al pie y a fuego.


Tal vez si viéramos que, en definitiva, esta grieta no es otra cosa que la diferencia, el origen y destino de nuestros pensamientos atados a los que nos anteceden, la realidad cobraría un modo menos absoluto. Sé por mi experiencia profesional que una de las conclusiones más sanadoras en una terapia es la de saber de dónde venimos: nada de qué avergonzarse ni nada que temer, que lo nuestro es nuestro y nos pertenece.


La mezcla de lo diferente con esa lucha y esa fuerza es la que trae prosperidad a futuro. No me preocupan los que piensan opuesto a mí, esos a los que llamo "ellos". Me preocupan los que no piensan, los que viven sin que nada les importe, los que no escuchan y los que atrás del silencio se esconden para no tener que mostrar sus rostros.


La grieta no es un abismo, sino un pliegue del manto que nos entrelaza.


Licenciada Celia Leranoz. Matrícula 45733.
Mail: celialeranoz@gmail.com
Twitter: @dichosadevoz ‏

   


Columnas anteriores
martes, 28 de mayo, 2019 - 10:37 hs.

Llegar aquí al Viejo Continente no resulta fácil. Hay que ahorrar bastante y luego no pensar en lo caro que resulta. Para un argentino cruzar este océano tan inmenso que nos separa resulta casi una batalla anhelada y a la vez sufrida (en honor a ese tango que tanto nos caracteriza).


Será por eso que uno casi quiere comerse el mundo, con los ojos bien abiertos y la mirada atenta, tratando de capturar con destreza todo lo que pasa alrededor.


A mí me atraen los paisajes, la naturaleza y la arquitectura pero hay algo que "me puede" tremendamente y son las conversaciones de la gente. Eso que dicen al pasar y que los representa. Ese murmullo callejero que pinta las costumbres y pesares de un pueblo. Casi como una espía, me gusta acercar mi oído en cualquier grupo de gente que comenta algo al pasar o en un bar, en un micro, o en un comercio. De costadito, simulando hacer otra cosa, me acerco como cazadora a su presa.


Así fue como en Madrid escuché ayer una charla en una churrería. Eran mujeres amigas pasando un rato de encuentro. Una estaba amamantando un bebé, lo cual le daba el titulo de palabra autorizada frente al resto, solteras ellas, que escuchaban atentas la voz de una madre que contestaba la pregunta de qué siente un niño cuando un hermano viene al mundo. "Mira, es como si tú tienes un novio solo para ti y de repente te traen otro a tu casa que no solo te quitará tu lugar, si no que también debes quererlo y compartir con él, fíjate…que es muy difícil"


Caminando por la Gran Vía una señora madrileña, ya jubilada, con pantalones de color rojo y glúteos apretados de tanto caminar le decía a su esposo en referencia a una herencia: "Pues si se quieren matar, que se mueran", para luego agregar: "Cuando hay que pagar huyen, y cuando hay que coger, vienen todos".


En ambos relatos son las mujeres que hablan y despliegan su teoría donde hasta el mismo Freud estaría encantadísimo de escuchar, ya que confirman la existencia de los celos entre hermanos y el egoísmo con el que nacemos y nos acompaña hasta en la herencia. Y es que en todas las casas se cuecen habas y en la mía, a calderadas, como decía Cervantes en El Quijote.


Me alegra pensar que somos humanos tan singularmente parecidos. Me enorgullece ver esas mujeres hablando en mundos pequeños pero gigantes.


Los modos de mirar la vida en referencia a ciertos vínculos humanos parecen globalizados y esto no es obra de la tecnología. Es evidente que existe algo llamado psiquismo, no es un objeto material, pero bien que puede verse. Por eso pienso que a menudo nos parecemos, pese a la distancia y al contexto.


Para verlo, solo hay que afilar el oído y andar con disimulo. Este es otro de los tantos placeres que da el viajar, por lo menos para mí, que ando en estas artes de "exploradora de las gentes".


Licenciada Celia Leranoz. Matrícula 45733.
Mail: celialeranoz@gmail.com
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miércoles, 20 de septiembre, 2017 - 12:26 hs.

Muchos de nosotros sabemos cuánta dificultad existe en estos tiempos de “tanta libertad” para el encuentro de un hombre y una mujer. Pese a las diversas formas para comunicarse, tanta red de no-sostén, tanto mensaje con meta-mensaje, lo cierto es que es un hecho que son más cuantiosos los encuentros frustrados que las citas acontecidas.


Una chica de casi de treinta años dice “los seres (así los nombra ella) que tengo, se cuelgan, es como si les gustara quedar en un pendiente eterno, y cuando creo que ya los olvidé, aparecen como si nada”.


La condiciones culturales del siglo pasado, el difícil y rebuscado acceso al encuentro íntimo con una mujer, hizo que muchas veces haya sido el mismo contexto el que ponía el freno al impulso de hacer algo para acercarse.


Con un papel mas activo y al separar la maternidad del placer femenino, la mujer de estos tiempos no solo amplió su posibilidad de elegir en el ámbito laboral, sino también a nivel del goce corporal. Esto trajo por otra parte una suerte de pasividad masculina. Un “no saber qué hacer” frente a ella.


Sin obstáculos externos que sortear, el varón queda a la espera que la mujer active, o como otra opción, la tiene en espera como recurso de poder salvador donde “si te tengo ahí, ahí te quedás, quieta hasta que yo te llame”.


Este comportamiento, por cierto frecuente, hoy también puede verse en algunas mujeres, que poco a poco se han hecho cargo no solo de la conquista sino que también presentan la queja por el rechazo: “Lo invite a tomar un café y me dijo que tal vez otro día”.


Es que lo inconcluso, lo pendiente como forma solapada de frustración, está casi de moda o de onda (léase según la edad) para todos. Ante mi pregunta a un paciente que no conseguía pareja “¿Y por qué no la llamaste, si me dijiste que te gustaba?, me respondió: “Y, no sé, me colgué. Pienso en hacerlo y se me pasa el momento. Es que ando con muchas cosas”.


Lo pendiente para algunas personas acontece en un espacio de fantasía de tener y se justifica y se adormece en los caminos de la excusa.


Desde la clínica hemos conocido varios casos, donde ante el tormento del deseo, la obsesión elige su resguardo mas seguro.


Como dijo un paciente “Si, era ella…pero sabes qué, quiero que me deje tranquilo”. Para que haya encuentro deberá haber un espacio y un tiempo que lo haga posible.


No hay lugar para un otro. El amor soñado queda en los sueños. Todo en las relaciones es fugaz.


Se puede leer en Facebook : “Nos quedamos en pendiente, lo que no me explicaste es de que lado de la tangente estamos. Si en la cima a punto de caer, o en lo bajo después de haber estrellado la esperanza”.


Nada más perfecto que lo que no ha sucedido, y a falta de Dioses que nos traigan buenaventura, tenemos la desilusión amorosa y pendiente como motivo de quien transita la vida a medias.


Licenciada Celia Leranoz. Matrícula 45733.


Mail: celialeranoz@gmail.com

sábado, 19 de agosto, 2017 - 10:58 hs.

Dar es una palabra pequeñita, pero que a la vez guarda en sus tres letras un sentido amplio y variado. De hecho, resultaría fácil encontrar distintas definiciones respecto a los diversos significados que posee.


Dentro de este amplio universo de formas de entender a esta palabra, en esta oportunidad elegimos nombrar tres. Tres maneras de DAR, que se diferencian una de las otras y que de algún modo nos identifican en nuestra conducta individual o social.


Existe un DAR al que lo llamamos omnipotente, un dar que está vinculado a la necesidad de invalidar al otro. Ofrecer algo a alguien implica saber que ese otro tiene una carencia, está necesitando algo. El padre que cede una parte de su lote para que el hijo se haga la casa, pero cuyo dominio sigue siendo suyo. El hijo que trabaja sin un sueldo para una empresa familiar y recibe algún dinero, pero de forma irregular y de acuerdo a como surja. Muchas formas de préstamos donde el favor se convierte en un largo camino de explicaciones para justificar tal o cual decisión. El que recibe se siente preso de una deuda infinita… ser como su captor quiere que sea. Precio alto pagar con libertad una necesidad.


También existe otro modo que es mas amigable con el crecimiento de quien recibe la ayuda. Este DAR de la tierra: la Pachamama que ayuda con su cosecha al hijo que siembra y éste a su vez le agradece ese favor. Esa madre o ese padre que proveen no solo el amor en forma de ternura sino de modo simbólico para hacer de ese hijo un ser pensante. Lo ayuda en el camino, teniendo en cuenta que él puede decidir en cada etapa de su vida. Un dar en parte, porque hay un espacio propio para quien recibe. Las gracias vendrán con la cosecha.


Y por último el DAR de aquellos a quienes les compete un lugar de poder o de lugar especial en lo que constituye nuestra tarea como servidores del bien común. Los comunicadores, los que tienen llegada a la audiencia, o los profesionales de la salud que día a día reciben el dolor o la angustia de quienes no encuentran como salir. Es aquí donde se pone a prueba este privilegio y a la vez este compromiso de dar y que cada cual vera como atiende su juego.


En la historia de la medicina el médico era visto en sus comienzos como un adivinador, alguien que sabía lo que vendría. Ese carácter poderoso de la consulta sigue aún en vigencia, ya que sabemos muy bien cuando alguien regresa de la consulta dice “me quede tranquilo con lo que me dijo”. Qué sencillo sería si cada uno de quienes estamos en estos lugares de poder fuésemos consientes de la importancia de nuestros dichos. Arengar la intranquilidad, recortar solo una parte, ser funcionales al conocido morbo que tenemos los humanos, no puede tomarse como una actitud de desconocimiento.


Y es que la frase “Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre” no es solo una simple máxima para el quehacer de la medicina. Detentar ciertos espacios en donde se es escuchado, implica más de una responsabilidad. La realidad muchas veces no tiene remedio pero aun así, nadie tiene derecho a sacarnos el consuelo.


Y cuando decimos consuelo, hablamos de la esperanza. Esa esperanza que como dice el mito quedo en la caja de Pandora cuando ya todos los bienes o todos los males humanos se habían ido. Dar esperanza tal vez sea el modo de dar sentido.

viernes, 28 de abril, 2017 - 09:23 hs.

Roma es un amor desordenado, loco, bello y sucio a la vez: cuando uno llega se encuentra casi al punto de arrepentirse de haber arribado a esas tierras. Las calles están llenas de papeles y desechos tirados por todas partes. Las veredas y las fachadas están sin mantenimiento. Los sonidos de la ciudad muestran un caos ordenado pero en ebullición constante. Como si ese movimiento pudiese de repente transformarse en un desastre. Pero de a poco, y casi sin darnos cuenta, empezamos a palpitar el latido de mas de dos mil años, puestos allí y en un mismo momento.


Y esto es porque las ruinas, los foros, las fuentes y estatuas de diferentes momentos de la historia de la humanidad recuerdan a cada paso que nacemos y morimos como civilización y el curso del suceder dice que no pasa nada. Dioses magnánimos, emperadores heroicos dejaron en la arquitectura romana su huella, pero pasaron, murieron y siguieron otros. El devenir es un río sin paradas y Roma nos lo muestra.


Observando el modo de vida de sus habitantes notamos a simple vista el parecido con nuestro ser argentino. Creo que guardamos una genética italiana irrenunciable. La chicana, el gusto por la buena comida, el ruido del tránsito, el amor por el terruño, la creatividad refinada y el "lo dejo así porque total no importa” son algunos de las formas que toma en esta bella ciudad el modo de vida y me hacen pensar que somos hijos dilectos de esta Patria.


En la plaza de la República me encontré con un grupo de gente dándole comida a los que se acercaban al lugar. Una señora voluntariosa y solidaria me ofreció una vianda, creo que tanta pinta de indigente no tengo. Pero como hacemos en Argentina, armamos una patriada solidaria sin más planeamiento que el entusiasmo inmediato del "lo hacemos".


Vi mozos bailar en la puerta del café donde trabajaban, vi padres pedir un “besico” a su hijo y a la vez retarlo con esa queja de ya "no te soporto y te amo "al mismo tiempo. Como nosotros ellos si saben de esta ambivalencia. Saben que pueden ser mucho mejores, pero que sin embargo muchas cosas siguen allí sin poder modificarse.


La pasión por el disfrute y el sufrimiento forman una dupla inseparable: en la iglesia del Popolo hay una imagen del pintor Caravaggio, que representa la conversión de Pablo. En este cuadro hay un caballo que como dicen los relatos bíblicos lo tira a Pablo y es ahí cuando Dios le habla y lo invita a ser su discípulo. En realidad el pintor tuvo que hacer dos obras porque la primera no se adecuaba al Concilio de Trento, Pablo iba a la izquierda y Dios a la derecha. En su rebeldía el pintor sacó la imagen de Dios puso sólo una luz y dejó al caballo en primer plano y a Pablo abajo caído. Ante el cuestionamiento de quienes le habían solicitado el cuadro y la pregunta "¿es que acaso es el caballo Dios?", el pintor de las cosas cotidianas contestó: "no, no es Dios, pero refleja la luz de Dios".


Vaya uno a saber si es cierta esta historia, pero refleja sin duda la ingeniosa rebeldía del artista ante los pedidos a los que debía someter su arte.


Qué bien nos vendría que ese ser rebelde que poseemos los argentinos (y quizá heredamos) se hermanara con la creatividad para que en un pequeño acto heroico podamos sentirnos un poco mas dignos.


Ocurre que no estamos en ni cerca en el lugar que soñamos. Pero tal vez saber quiénes somos y tener claro que buscamos, nos dé un poco de respiro en estos tiempos.


Qué intensa es la vida con sangre en las venas.


Por todo esto y mucho más, volver a Roma es encontrarse con ese amor desordenado que marca a fuego, aun sin querer, nuestro destino.

jueves, 13 de abril, 2017 - 14:22 hs.

Nacemos desvalidos los humanos. Sin alguien que nos ayude, podríamos morir en pocas horas. Esta necesidad de abrigo y alimento nos hace seres dependientes de dos cuestiones: por una parte del alimento del cual se enlaza nuestra subsistencia; y a la vez, de un otro que lo provea.


Una relación apoyada en la necesidad, en el hambre y en el irremediable impulso de comer y crecer hace que nazca el psiquismo humano. Y esto gracias a que nuestra especie posee cualidades neurofisiologías que nos distinguen del resto.


Es en la espera por esa leche que no llega, ese abrigo que no aparece o ese dolor que no calma, donde se instala la semilla del deseo. El niño espera y alucina, espera e imagina eso que ya llegará, eso que necesita y aun no está ahí.


Y mientras se sucede este tiempo el amor y el cuidado le prodigan la red que lo sostendrá y que atenuará el dolor, el hambre o el frío a partir de la formación de un sistema complejo que lo hará pensante y humano.


Tenemos en nuestro tiempo una sociedad vertiginosa, en donde la inmediatez, el “ahora mismo”, el “lo quiero ya” están al orden del día. La demanda es imparable e imborrable. La conexión con las redes sociales viraliza el vértigo, el pedido o la insensatez.


Es más claro ver esto en un ejemplo: La crianza de nuestros hijos. En la mayoría de las veces se recita en una frase “quiero que sea feliz”. Y esto se liga de algún modo a este funcionamiento social y nos convertimos así en maquinas expendedoras, al pedido inmediato de los reclamos. Te lo doy ya, para que no te frustres, para que te calles, para que estés contento y feliz.


Y es así como el deseo no se instala, no aparece, porque ante la sola idea de algo, la urgencia lo invita a desaparecer. Recuerdo el relato de una paciente que tenía un desgano profundo en su vida, una tristeza distante y casi intocable que me decía de su madre “Mamá es la cuchara que aparece mucho antes de que abras la boca; es imposible darte cuenta si tenes ganas de comer, o ganas de algo”.


La inmediatez es muerte del deseo, la espera razonable la tierra fértil para que aparezca y se sucedan muchas cosas, un plan, un proyecto una expectativa para concretarlo.


Sujetos insatisfechos, sin posibilidades de saber qué quieren o qué pueden elegir; y otros que por no tener los cuidados básicos no pueden ni siquiera construirse adecuadamente con un psiquismo saludable.


Así estamos, perdimos el rumbo presos de un presente inmediato y urgente, esperar es caduco, insensato casi inmoral.


Y si como solemos decir los psicólogos que el deseo es “el motor de todas las cosas”, pues bien, el motor hace ruido, pero cuesta entender que es eso puro ruido. Se detuvo hace tiempo y aun no nos hemos dado cuenta.

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