19/05/2019
domingo 19 de mayo del 2019 - T
19 mayo 2019 - T

Adrian Freijo Periodista

sábado, 27 de abril, 2019 - 19:16 hs.
La verdadera rendición

En su reciente experiencia literaria la ex presidente Cristina Fernández sostiene que «entregar los atributos» a su sucesor sería visto como una rendición. Grave desconocimiento de la historia.


Cristina Fernández de Kirchner atraviesa serios problemas y la mayoría de ellos devienen de su confusión conceptual entre lo público y lo privado, lo que la ley nos obliga a hacer y aquello acerca de lo que podemos elegir libremente y las responsabilidades funcionales del cargo que se ejerce, máxime cuando se trata de uno por mandato popular.


Tal vez por ello le cuesta tanto comprender que la sociedad observe con disgusto un enriquecimiento imposible de explicar desde la lógica y que haya juzgado con tanta dureza su manera autocrática de ejercer el poder, su constante muestra de un sentido de superioridad sobre el resto y su negativa a rendir cuentas ante la justicia de aquellos actos de corrupción por los que ha sido señalada.


Las afirmaciones acerca de que resolvió no hacerse presente en la entrega de los atributos de mando a su sucesor porque «muchos esparaban la escena como un acto de rendición» pone en blanco sobre negro una personalidad ajena de los mínimos estándares de convivencia democrática: para ella la política -y por consiguiente la sociedad- es una opción binaria entre amigos y enemigos y por tanto un acto protocolar, fijado por la costumbre y por la ley, no responde a una continuidad del sistema y las formas democráticas sino a una rendición ante el enemigo.


Triste visión en un país al que dejó partido en dos por una grieta de odios y enfrentamientos y que a lo largo de la historia ha tenido un solo combate sin tregua posible y fue entre los demócratas y los tiranos.


Rendición, ojalá que definitiva, fue aquella que nos devuelve la imagen que ilustra este editorial. Un dictador, Reynaldo Bignone, hoy condenado por delitos de lesa humanidad cometidos durante su paso como director del Colegio Militar de la Nación, entregando mansamente aquellos mismos atributos a un hombre de la democracia, encarnada en esas horas por la figura del primer presidente constitucional del nuevo tiempo, Raúl Alfonsín.


Era el fin de una era de «iluminados» que cada tanto resolvían que no eramos capaces de disponer sobre nuestro destino y entonces lo hacían, en nombre de Dios y de la Patria, sobre nuestras vidas.


A partir de ese momento todo debió ser una fiesta de continuidad institucional, más allá de los barquinazos de un tiempo de libertad que aún no ha dado las respuestas de libertad, calidad y desarrollo que los argentinos nos merecemos.


Hasta en los días aciagos de 2001-2002, aquellos de los cinco presidentes en una semana, la ceremonia de los atributos que iban de mano en mano representaba la búsqueda de una solución al estallido que no se apartara de las normas constitucionales. Y vaya si se logró…


Confunde entonces la ex presidente al enemigo. No es Macri ni lo es nadie que se presente a elecciones para que sea el pueblo quien resuelva quien debe gobernarlo.


El verdadero enemigo es quien no entiende la importancia del la convivencia, el respeto a las formas y el fondo de una república y el valor de entender a quien piensa distinto como un adversario y no como un enemigo.


Algo que Cristina no supo, no sabe ni sabrá nunca medir en su verdadera hondura e importancia.


Y que sería letal que pasase inadvertido para los argentinos amantes de la democracia, la dignidad y los derechos humanos.

   


Columnas anteriores
martes, 9 de abril, 2019 - 15:08 hs.

A medida que se acerca la fecha de iniciar el calendario electoral cada fuerza y cada candidato acomodan su discurso a lo que piensan mejor para ganar. La ficción desnuda.


La política argentina se parece mucho a una obra de teatro. En ella los protagonistas van realizando cambios constantes al guión en la medida en que sienten que un nuevo parlamento puede despertar más aplausos.


Claro que la diferencia radica en que un actor, con variaciones y/o improvisaciones, jamás podrá cambiar el sentido de la historia que está interpretando. ¿Se imagina el lector que, transido de entusiasmo, el protagonista de Romeo y Julieta improvisara un final feliz en el que los amantes de Verona viven por siempre juntos hasta su vejez?. Tal vez el público, por única vez, se iría feliz del triunfo del amor…pero habrá sido engañado y a poco de andar se dará cuenta.


Nuestros políticos tienen una interpretación libre de eso que llamamos realidad. De acuerdo al interlocutor de turno cambiaran las escenas, los personajes, los parlamentos y todo aquello que sirva a su único objetivo: seducir a quien los escucha aunque para ello deban mentir, omitir o inventar realidades inexistentes.


Y en tiempos electorales -cuando son más los argentinos que dirigen su mirada al escenario- esto se hace más visible. Empujados por el convencimiento de que la gente es tonta o amnésica, quienes se postulan llenan el aire de visiones simplistas, casi naturales, de todo lo que son capaces de hacer para mejorar la calidad de vida de la gente. Aunque una y otra vez hayan pasado por el poder sin conseguirlo…


Y también como en el teatro o el cine, el dedo acusador sobre “el malo” (los candidatos de otros sectores) resalta su papel de “el bueno” hasta convertirlo, solo en su imaginación, en un héroe amado por el público. Poco importa que en su turno en el poder la gente le haya pedido a los gritos lo que ahora ellos piden a quien los suplantó en las mieles del éxito. O que hayan demostrado una inocultable incapacidad para solucionar uno solo de los problemas que atraviesan esta nación desde hace décadas.


Que un 60% o más de los ciudadanos no quieran elegir a ninguno de los candidatos que hoy ocupan la grilla -sin diferencia de partido o jurisdicción- representa el peor fracaso de la política. La gente no cree que desde allí pueda venir ningún alivio a sus penurias y comienza a descreer de esta democracia así como está organizada. Las experiencias recientes en otras tierras, tanto en América Latina como en Europa, en las que personeros de la anti política se alzaron con el poder, aupados por el voto popular, es síntoma claro del descreimiento creciente de todas las sociedades con una actividad que se ha convertido poco a poco en un privilegio para pocos.


Y tal vez la política, tal cual la conocemos hasta ahora, pague en corto tiempo el mismo precio de abandono que el teatro, el cine o la televisión están pagando frente a la aparición de nuevos medios de comunicación y redes sociales que le permiten al hombre de a pie seleccionar, en soledad y sin presiones, los contenidos que más le placen y se ajustan a sus verdaderos intereses.


Aunque ello nos ponga frente al riesgo de la atomización y el individualismo que siempre anuncia la anarquía.


Cuidado entonces; que nuestros dirigentes y candidatos pongan las barbas en remojo antes que sea tarde. Porque más allá de sus personales intereses y ambiciones lo que está en juego es un sistema que llevó siglos construir hasta el momento de perfeccionarlo lo necesario para sostener los derechos de todos nosotros.


Y de ellos también….

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